jueves, 15 de abril de 2010

Belchitanos ejemplares.- MOSÉN FRANCISCO VALLADO ORDOVÁS


Belchitanos ejemplares.- DON FRANCISCO VALLADO ORDOVÁS

Entre los papeles que conservo en mi pequeño archivo, figura un recordatorio de difunto que dice así en su encabezamiento

ROGAD A DIOS EN CARIDAD
POR EL ALMA DEL REVERENDO DOCTOR
D. FRANCISCO VALLADO ORDOVÁS
PRESBITERO. BENEFICIADO DE SAN PABLO
PROFESOR DEL SEMINARIO. TERCIARIO CAPUCHINO
que falleció en Zaragoza
el día 7 de diciembre de 1955
a los 67 años de edad
habiendo recibido los Santos Sacramentos
y la Bendición Apostólica

Aquel 7 de diciembre de 1955, el arzobispo Morcillo, recién llegado a Zaragoza, acudió el domicilio de mosén Francisco Vallado (calle San Pablo, 57- 3º izda.) para rezar ante su cadáver, siendo este hecho muy comentado entre los vecinos de San Pablo.
Estas letras del recordatorio cierra toda una intensa vida que, suponemos, comenzó en Belchite, aunque no encontré su certificado de nacimiento en el archivo municipal de esta localidad. Por eso, se podría pensar que pudo nacer en Zaragoza, donde ocasionalmente se encontrarían sus padres ya que se trataba de un embarazo que ofrecía dificultades en su desarrollo. Tanto es así que, cuando nació el médico dio pocas garantías de que siguiera viviendo. Siempre fue tenido por belchitano y él así se consideró.

Con los cuidados de su madre, el niño Francisco salió adelante en Belchite donde su padre ejercía, conduciendo su carro, el oficio de recadero entre esta localidad y Zaragoza. Más tarde, por haber sufrido un atraco, dejó esta actividad. Asistiría a la escuela y después, cumplida la edad requerida acudiría a las clases del Seminario de su pueblo que, por aquellos años, estaba dirigido por el rector don Roberto Solanas. Hacia 1904, pasaría a continuar los estudios eclesiásticos en Zaragoza, cuyo Seminario había sido transformado en Universidad Pontificia en 1897. Allí obtuvo el grado de Doctor en Filosofía. Condiscípulos suyos fueron, entre otros, don Eduardo Estella Zalaya y don Pascual Galindo Romeo.

Por aquellos años, sus padres se trasladaron a Zaragoza. Antes de ordenarse de presbítero hubo de superar una crisis vocacional. Abandonó el Seminario y marchó a trabajar a La Habana como dependiente en una librería. No pudo soportar el ambiente que reinaba allí y volvió a la Península para reanudar los estudios eclesiásticos. Ya sacerdote y profesor del Seminario, no le gustaba que le recordaran este episodio de su vida que a mi me contó personalmente y que pocos conocían.

Desde el principio de su sacerdocio estuvo vinculado a la parroquia de San Pablo de Zaragoza dedicándose a las tareas propias de su estado, especialmente a la catequesis. Vivía con sus padres en la calle Eduardo Dato hasta que se trasladaron a la de San Pablo. Conocidos sus conocimientos de Química, pronto le ofreció el arzobispo Doménech dar clases en el Seminario Conciliar. Con el tiempo publicó un libro de texto que tituló “FÁCIL ACCESO AL ESTUDIO DE LA QUÍMICA” que completó con la QUÍMICA ORGÁNICA de la Editorial LUIS VIVES.

Reconquistado Belchite por las tropas nacionales en 1938, lo mandó allí el arzobispo de Zaragoza para que organizara la parroquia. Llegó el 30 de marzo de 1938 y, a pesar de sus intentos, poco podía hacer dadas las condiciones de la población. La parroquia quedó establecida, provisionalmente, en la ermita de San Antón. El 3 de mayo del mismo año volvió de nuevo a Zaragoza. Cuando yo lo conocí, en el año 1942, ya había fallecido su padre y vivía con su madre, con una prima llamada Gregoria Mazón y una sobrina, Trinidad Calvo Mazón. Estas dos últimas permanecieron con él cuando murió su madre.

A su casa acudía mucha gente buscando ayuda para encontrar trabajo o para que le resolviera alguna gestión. A veces se quejaba de que no los podía atender porque eran muchos. Gregoria le apoyaba añadiendo que ella estaba todo el día atendiendo a la puerta. Y otro primo suyo, Pepe Mazón, que estaba allí le decía:


- Paco, si me dejas, yo me comprometo a que no entre ninguno. Y al preguntarle cómo pensaba hacerlo, le contestaba:
- Me pongo en la puerta y para dejarlos entrar, a cada uno le pido un duro y, como no lo tienen, se quedan fuera.
- Mosén Francisco se sonreía y le decía:
-¡ Qué cosas tienes, Pepe!

El gesto que más me impresionó fue el saber que tenía recogidos en su casa a un matrimonio con dos hijos. Uno de ellos se llamaba Angelito y, en verdad, que lo era. El marido era un excelente mecánico de máquina segadoras que pasaba el día, que pasaba todo el día fuera de casa. Nunca entraba en la casa de su benefactor y apenas hablaba con él. La mujer era un tanto abandonada. Durante el día, permanecían en la casa de mosén Francisco y, por la noche, dormían en una habitación próxima a la vivienda de los porteros.

Angelito pasaba la mayor parte del tiempo metido en un cajón. Tenía una enfermedad en la vista que le obligaba a mirar al suelo. Diariamente procurábamos curarle los ojos. Cuando sospechaba que era la hora de comer, entraba en el despacho de mosén Francisco y le decía: - Caco (por Paco), a comer. Y el otro, recontestaba: -Pues, vamos.

Enfermó el niño y murió al poco tiempo. Acompañé a mosén Francisco a dar el último adiós a Angelito. Allí estaba el cadáver del niño sobre una fría mesa de piedra en la Facultad de Medicina.

De su paso por las aulas del Seminario han quedado muchas anécdotas. Los estudiantes, abusando de su bondad, miraban la forma de evitar que les preguntara la lección fingiendo que estaban enfermos.

No tenía dotes de orador y procuraba evitar esta actividad. En una ocasión, le correspondía por turno predicar en el Seminario el sermón con ocasión de la festividad de Santo Tomás de Aquino. Me contó que todavía recordaba el que había dicho unos veinte años antes y que estaba dudando si repetirlo de nuevo.ya que, en ese tiempo, habían cambiado casi todos los profesores. Yo le animé a que lo hiciera así. Y también lo consultó con don Juan Sanz Nájera, secretario de Estudios. Llegó el día y se notaba cierta expectación entre los alumnos, aumentada por la presencia del señor Arzobispo.

Llegado el momento, subió con toda tranquilidad al pequeño púlpito de la capilla del Seminario de la plaza de La Seo, y sin pestañear ni dudar un momento, soltó el sermón. Cuando terminó, creo que todos descansaron y, en el fondo, se alegraron de su éxito.

En testimonio de afecto y gratitud.

JULIO MARTÍN BLASCO

2 comentarios:

Jarrr dijo...

Muy interesante, gracias!

Jarrr dijo...

Muy interesante, gracias!